En el capítulo primero de la serie política danesa Borgen, la candidata a las generales de los moderados Birgitte Nyborg, que partía como una outsider, se ve aupada a la presidencia, tras un debate electoral en el que, dejando a un lado la estrategia electoral, consigue transmitir verdad. Que cara se ha puesto la verdad, en la política y en la vida. En el congreso del PP ha ganado el discurso político frente a la estrategia vacía; la defensa de principios frente al complejo de pertenencia a un partido liberal-conservador; por eso, Casado puso en pie al auditorio en varias ocasiones al grito de presidente. Esto no lo han encajado los adversarios, que habían deslizado desde el inicio de la contienda que Casado era la extrema derecha. Fuego amigo. Que los partidos pretendan ocupar un espacio electoral que les proporcione votos, está dentro de lo normal. Recuerden a Pablo Iglesias, que del chavismo viajó a la socialdemocracia transversal, para volver cinco minutos después- previa condena del errejonismo-, al PCUS de toda la vida; o el caso de Rivera, que del centro izquierda giró a un social liberalismo o algo así, pasando antes por Forum Libertas. Pero que los Arenas y Villalobos de turno, ministros de Aznar, acusen a Casado de peligroso extremista, no tiene nombre. Espero tengan su merecido. Si uno analiza el discurso de Casado, apeló al sugestivo proyecto de vida en común de Ortega, mencionó a Marías e incluso a Unamuno. Tres tipos mal vistos en su época a derecha e izquierda; los dos primeros claramente liberales, nada reaccionarios o sectarios, representantes de esa tercera España, reformista y secular, defensores de la libertad personal y de la sociedad abierta. Poca cosa. Rajoy echó a liberales y conservadores en el Congreso Búlgaro de Valencia. Diez años después han vuelto, espero que para quedarse.

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