Son mareantes. Las cantidades que se barajan cada vez que un club de fútbol ficha a alguna estrella se mueven entre lo delirante y lo peliculero. Por eso, cuando escucho hablar de los cien millones que se pagarán por fulano, o de los doscientos que vale la cláusula de rescisión de mengano, ya no sé si estamos ante un abuso intolerable o ante una ganga, pues a partir de ciertas cantidades pierde uno pie y desaparecen las diferencias que cabría esperar entre una burrada y el doble de una burrada.

Por hacernos una idea de lo que significan esos dinerales, se podrían traducir a cosas menos abstractas. Por ejemplo, con los 120 millones que cuesta el delantero Griezmann podríamos comprarle a John Travolta su casa de Florida, incluyendo la flota de coches de lujo y el avión privado, y aún nos sobrarían cien millones para dejar propina en los bares.

Teniendo en cuenta que el precio de un crucero barato no pasa de cien euros diarios, por lo que cuesta un futbolista más o menos brasileño, hasta el más infatigable de los viajeros se acabaría hartando, pues le llegaría para estar los próximos tres mil años surcando mares en régimen de pensión completa. Y si ese dinero lo gastáramos en huevos fritos con chistorras, considerando que el precio de este plato tan popular ronda los diez euros, cabe deducir que el último fichaje del Atlético de Madrid daría para invitar a la población entera de Nueva York en casa Lucio, si es que hubiera mesas libres. Se entiende, por tanto, que esos clubes tan rumbosos opten por gastar el dinero en fichar futbolistas y no en otros caprichos, pues díganme ustedes qué iban a hacer sus presidentes con tantísimos huevos fritos.

Según el calculador Carlos Piedras, hacer estas cábalas es bastante absurdo, ya que los clubes regatean entre sí, ofrecen cifras estupefacientes y hacen como que las pagan, pero nunca se acaban de sustanciar en dinero contante y sonante, pues con lo que un club debe a otro por comprarle un defensa potable, el otro, sin cobrarlo, va y lo invierte en el portero que necesita, o en un delantero bullicioso, pero sin satisfacer tampoco los pagos, porque el equipo que se lo está vendiendo seguramente le deba una fortuna a otros cuantos clubes, de manera que correrá la bola, las deudas irán pasando de mano en mano sin que ningún dirigente se rasque el bolsillo, razón por la cual da lo mismo que esos jugadores cuesten cien millones o cuesten mil quinientos.

¿No será que al fin estamos abandonando aquella economía grosera en la que el dinero hacía ruido, se pagaban los cortijos con fajos de billetes y las monedas había que morderlas para saber si eran buenas? A ver si, después de tantos fondos monetarios y tantos mercados de divisas, no vamos a acabar como en el fútbol (cobrando el sueldo, no digo yo en delanteros mulatos, pero sí en cabras, en collares de hueso o en sandías), y que cuando tengamos que pagar al del butano, tengamos que ir corriendo al cajero para sacar las tres gallinas que costará por entonces la bombona.

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