Ya pasó la moda, pero hasta no hace mucho se hablaba alegremente del "pensamiento único". Aunque hubiera incluso intelectuales que cobraban por dar conferencias defendiendo algo así, como teoría no podía ser más inútil, pues proclamaba que en Occidente, por los lavados de cerebro de un sistema como el capitalista (que pretende manipular nuestros bolsillos adormilando nuestras conciencias), habíamos llegado a un punto en el que todos acabamos pensando lo mismo.

O sea, que al no haber más que una manera de concebir el mundo, quien rezaba a diario mirando a La Meca vendría a creer en lo mismo que creemos los que tiramos más bien a ateos, y el que estaba a favor de la pena de muerte, aunque no se diera cuenta, en el fondo estaba defendiendo una postura muy parecida a la del que la aboliría inmediatamente. Los vegetarianos serían una especie de carnívoros pero en flacucho. Los machistas, feministas encubiertos. Y como al fin y al cabo todos pensamos casi igual, tanto daría ser pacifista que neonazi, mojigato o liberal, porque todas ellas no serían más que variaciones del dichoso pensamiento único. Muy revelador, sin duda.

Me he acordado de semejante estupidez porque en los últimos días muchos de los que criticaban ese presunto aborregamiento universal luego resulta que se tiran de los pelos cada vez que alguien saca los pies del tiesto para decir lo que opina sin caer en las cursilerías de la corrección política.

Le ha pasado a Savater, que se atrevió a llamar tontos a los votantes de un partido que ahora mismo no pasa por su mejor momento, y ha visto cómo la respuesta que ha recibido a cambio, por parte de muchos de los que piden más respeto en democracia, no ha sido especialmente cariñosa. Le han llamado idiota. Le han llamado comemierda, corrupto, demagogo y, por supuesto, fascista.

Pero no creo que a Savater, que ha estado tantos años en el punto de mira del terrorismo por no callarse la boca, y que pasó por chirona en los últimos tiempos de Franco, le ponga especialmente nervioso que le digan que es un vendido. Tampoco creo que le preocupe mucho que le llamen retrógrado.

Lo que sí le preocupará -como a todo aquel que entienda que los enemigos a batir son el fanatismo y la ignorancia- es que los debates más peliagudos de la actualidad se pretendan resolver desde el anonimato, a base de topicazos, y con un par de insultos en las redes sociales.

Si a un filósofo, autor de docenas de obras sensacionales (en las que ha tratado desde los peligros del nacionalismo cateto hasta las diabluras de Guillermo el Travieso), después de haber escrito tantas páginas sobre todo lo que se menea, y sin cortarse un pelo, me lo despachan de un plumazo llamándolo facha y sinvergüenza, tal vez sea el momento de recordar que hay libros tan peligrosos que no habría ni que quemarlos, porque aquellos bobos a los que podrían molestar ya se cuidarán de no leerlos.

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