Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Jerez: Suárez, Paco, Jesús y el CEHJ

Alfa: Por algún rocambolesco fenómeno de convergencia que no viene al caso, visiono en YouTube -en la telaraña de Internet- una entrevista de mediados de los ochenta con Adolfo Suárez como protagonista único. Me salto a la torera los nombres de los periodistas que ejercen de entrevistadores porque no aportarían ninguna sazón a mi dictado.

Enseguida me percato del enorme parecido (razonable) del Suárez de entonces con el jerezano Francisco Barra (también si le restamos treinta y cinco años). Salta a la vista. Y deduzco -a rapaterrón y a renglón seguido- otra sincronicidad entre Adolfo y Paco: cuasi durante los mismos años el uno presidió el Gobierno de España y el otro -en su primera etapa- a la Hermandad de sus amores y sendos dimitieron de sus respectivos cargos en idéntica fecha entrante de la década de los ochenta. Un paralelismo curioso que a su vez es concatenación nada eximente.

Por cierto: digresión: me ha congratulado comprobar cómo una nazarena de andar descalzo y última pareja de cirio al cuadril, varias semanas más tarde se ha calzado los botos de la peregrinación a pie del Camino en la más germinal y originaria sustantivación religiosa del rocierismo. ¡Dichosa la rama que al tronco sale! Y a buen entendedor, pocas novelerías sobran.

Recuperemos el visionado del tercer grado al que, motu proprio, se sometió el -a la sazón- ex presidente de la Transición. ¡Ya apenas toman mando en plaza políticos de tamaña envergadura vocacional! Suárez dimitió por las puñaladas traperas en sordina de algunos de lo infieles alineados en las siglas propias. Y por la aristofobia padecida por no pocos mercachifles alienados en la otrora rumbosa oposición. Suárez jamás se retiraría a los cuarteles de invierno. Enseguida se ató los cordones de las botas de siete leguas de Charles Perrault.

Quien esto escribe selecciona la entrevista con fines consultivos: sólo precisaba extraer un dato y sin embargo me empotro de hoz y coz en la secuencia de la interviú. El discurso puede prometer y de hecho promete. Por el tobogán en picado de la nariz rectilínea de Suárez sólo descienden a borbotones un puñado de hechos contrastados. Esto es: el alborozo de la credibilidad. Recuerdo al punto una afirmación del inimitable periodista Carlos Luis Álvarez ‘Cándido’: “Las consideraciones éticas sólo pueden ser legítimamente consideradas una vez que la verdad ha sido demostrada”. La verdad nunca es un sabrosón piscolabis de lo imprevisto (ni tampoco una objetivación unipersonal que, a tientas, se balancea en la cuerda floja del descrédito). Veracidad y Suárez caminan de la mano. Como dos premisas de un (indivisible) silogismo.

Suárez era un ave fénix que no flaqueaba ante las minúsculas victorias del populismo. Manejó con destreza su propia telegenia. Y la teoría de las ventanas rotas, elaborada al alimón por James Wilson y George Kelling. Fue un aristotélico zoon politikón: especie hoy ya en claro proceso de extinción. Volver a su personalidad es comprobar cómo España -en el ínterin de antaño a hogaño- ha entornado las puertas de la Modernidad para entreabrir las de Vandalia.

Beta: Constato de nuevo -después de hacerlo personalmente- mi más ferviente felicitación al abogado y amigo y ahora compañero Jesús Rodríguez por su reciente ingreso -este pasado martes- como Académico Correspondiente de la Real Academia de San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras. Un gran fichaje para la docta casa. ¡A tal señor, tal honor! A su vez parabienes para los nuevos miembros que esta misma semana se han incorporado al Centro de Estudios Históricos Jerezanos (CEHJ), a saber: Francisco Siles, Carmen Reimóndez, María Cristina Reinoso, Manuel Castro, Agustín Pina, Paz Barbero, Enrique Ruiz y el Correspondiente Álvaro Cabezas, así como la condecoración de la insignia de oro de la institución a Diario de Jerez en la persona de su director Rafael Navas. Cultura con nombres (y méritos) propios. Sin signos antónimos, sin falsas mitologías, sin talismanes de cartón piedra.

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