El misterio está por resolver. Según ha comunicado el Ayuntamiento, en las recientes oposiciones al cuerpo de la Policía Local de Jerez se detectaron maniobras turbias que van a obligar a repetir el examen. A través de una nota de prensa que podría haber redactado Agatha Christie, se citan "indicios racionales de haberse quebrado la cadena de custodia de los documentos que integraban la prueba". Y aquí, amigos, es donde empieza la intriga, porque cuando uno escucha hablar de cadenas de custodia quebradas, de documentos bajo sospecha y de oposiciones a la policía que hay que abortar por presunto pasteleo, lo menos que cabe sentir es ese escalofrío que provocan las películas de suspense.

Gracias precisamente a las películas de suspense es difícil oír hablar de una cadena de custodia sin imaginar cómo será el laberinto de pasadizos secretos que comunican los sótanos del Ayuntamiento con las oficinas del Alcázar; qué contraseñas imposibles habrá que conocer para tener acceso a la cámara acorazada donde se depositan casi seguro esas pruebas de acceso. Y se figura uno los dispositivos que habrá instalados para espantar a los ladrones de exámenes, o lo difícil que será conseguir una fotocopia de esas pruebas sin contar con la colaboración de celadores compinchados, sin haber planeado antes el golpe y sin anotar durante meses los movimientos de los examinadores, la ubicación de las cámaras de seguridad y los momentos del día en los que baja la vigilancia (que coincidirán, supongo, con los cambios de guardia y con la hora del bocadillo.)

Después de haber sufrido un sabotaje del sistema informático como el que sufrió el Ayuntamiento hace poco, es razonable inquietarse porque detrás de un caso así se podría ocultar, no ya un aspirante perezoso a patrullar las calles, sino toda una trama de espionaje internacional interesada en infiltrar algún topo en el cuartelillo para revelar secretos sobre la grúa municipal o datos confidenciales de la Asociación de Belenistas.

Sin menospreciar otras áreas municipales, hay que reconocer que también inquieta bastante el hecho de que se tratara de una prueba de acceso al cuerpo de policía. Porque un bibliotecario ilegítimo puede generar trastornos de orden alfabético, y un empleado de la perrera que hubiera obtenido ese puesto de matute podría ser un problema, pero nunca tan grave como el de un policía que se saltara la ley para hacérnosla cumplir a los demás.

Aunque lo más terrible del asunto es que, además, la parte del examen cuya pista se perdió en la dichosa cadena de custodia no era el test de cultura general. Era la parte práctica, y ahí sí que hay que alarmarse porque, si no se llega a detectar la jugada, ahora entre nuestros agentes quizás hubiera uno que, por haber hecho trampa en el examen, ante la hipotética llamada de un ciudadano al que estuvieran atracando, ignoraría si lo correcto en ese caso es: a) acudir urgentemente al lugar de los hechos; b) pasar la llamada a la Oficina del Consumidor, c) seguir desviando el tráfico hasta que acabe la procesión, o d) pedir otro chupito de tequila.

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