DIARIO DE JEREZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

El cine clásico nos enseñó casi todo lo que hay que saber en este mundo. Como se viajaba mucho menos que ahora, era en las películas donde aprendíamos a fumar y a guiñar el ojo, a esquivar las flechas de los indios y a tirarnos un buen farol jugando al póquer. Pero luego empezó a ponerse de moda el cine de catástrofes y -de ser un referente para nuestra formación humanística- las películas pasaron a adoctrinarnos sobre cómo actuar ante el desembarco de una flota de extraterrestres con mal genio, o ante un combinado de tarántulas, terremotos y alertas nucleares (que sin ser algo habitual, tampoco es cuestión de descartarse.)

Por eso se entienden las reacciones que mucha gente ha tenido ante la tremenda propagación del coronavirus en las últimas semanas. De tanto cine apocalíptico como hemos consumido, nos ha quedado claro que esas amenazas se pueden combatir, por ejemplo, como han hecho muchos madrileños. A saber: haciendo las maletas y huyendo a toda velocidad con la sombrilla y toda la familia hacia las zonas costeras, lo cual no disminuye los riesgos de contagio pero sí que ayuda al menos a afrontar esta difícil situación con un bronceado envidiable.

Gracias a esas películas hemos aprendido también que detrás de todas esas plagas espeluznantes siempre hay tramas diabólicas de organizaciones internacionales muy poderosas y que, precisamente por eso, entre hacer caso de lo que dicen los periódicos tradicionales y creerse el primer bulo que corra por internet, ni que decir tiene que lo ideal será decantarse por esta segunda opción para tragarse, por ejemplo, que el mejor antídoto contra el virus es la cocaína, o que esta epidemia forma parte de una conjura judeo-masónica, o que debemos tener cuidado con esa red de ladrones que van asaltando casas haciéndose pasar por enfermeros.

Unos que nunca fallan y que se atienen perfectamente al guion de las películas de catástrofes son nuestros políticos, que interpretan a las mil maravillas su papel de inútiles y dan sobradas muestras de lo buenos que son convocando manifestaciones, porfiando en el Congreso o vociferando en los mítines, pero luego resulta que son una calamidad en la gestión de los problemas reales.

Lo que, sin embargo, no he visto yo en ninguna de estas películas sobre catástrofes es que se agoten en las tiendas los rollos de papel higiénico. Puedo entender que, ante una situación tan anómala como la que estamos afrontando, entre comprar las Meditaciones de Marco Aurelio y llenar un carro de la compra hasta los topes, muchas familias se decidan por esto último y lo hagan abarrotando sus congeladores de muslos de pollo, haciendo acopio de latas de atún suficientes como para acabar con el hambre en un país pequeño o aprovisionándose de cuantos botellines de cerveza admita una despensa de tamaño normal. Pero la obsesión por acumular papel higiénico en cantidades industriales, por más vueltas que le doy, no la acabo de entender. Será porque el fin del mundo, tal como nos lo pintan, nos pillará con el culo al aire.

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