
Una vuelta más
Jesús Benítez
Muertos en vida
La tribuna
LA pregunta que nos deberíamos hacer en este momento no es qué constructores llenaron los sobres de determinados políticos o partidos. Ni siquiera durante cuánto tiempo. Los jueces harán su trabajo. La cuestión que debería inquietarnos y, por qué no, preocuparnos es quiénes podrían estar ahora llenándolos. Los ciudadanos tenemos derecho a plantearnos por qué se adoptan unas decisiones y no otras. Por qué si la razón, los estudios o el simple sentido común nos indican una cosa, los padres de la patria se empeñan en que transitemos por el lado opuesto.
Pongamos como ejemplo la sanidad. Son prolijas voces las que se han alzado denunciando la frivolidad e irracionalidad de algunas medidas adoptadas. Sesudos estudios y la experiencia de otros países demuestran el error de ligar la atención del paciente al lucro. Los planes cuyo fin es la mercantilización del sector sanitario han sido discutidos por la inmensa mayoría de la comunidad de médicos y pacientes. Sin embargo, los argumentos son desatendidos y la sanidad mercantilizada. La vida y la salud de la gente no merecen engrosar las cuentas de resultados de una empresa del ramo. Salvar el pellejo en función del peso de tu cartera nos retrotrae a la barbarie. Manolo, mi excelente e inteligente peluquero, lo decía hace tiempo: "Que sea ministra de cualquier otra cosa,… ¿pero cómo puede ser ministra de sanidad una señora que se apellida Mato?". Pues eso.
Los sobres -como símbolo de corrupción- no son la causa de la enfermedad que aqueja a España. La corrupción es un síntoma de algo que no está bien. A menudo, se la trata como si fuera la principal causa de que unos estados triunfen y otros naufraguen. Decir esto es quedarse en la superficie de los problemas que erosionan un modelo de convivencia. A veces se hace de forma ingenua, otras de manera interesada y previo pago de su importe. Así, más de un organismo ha hecho de mediciones poco rigurosas de la corrupción su modelo de negocio. Es curioso que los países líderes en corrupción sean también los más golpeados por la miseria, la tiranía neocolonial de empresas corruptoras o por la insaciable codicia de castas locales. También lo es que para agencias como Transparencia Internacional no compute como tal aquellos políticos o empresarios que pasan sin complejos del sector público al privado o viceversa -la famosa puerta giratoria- o la turbia actividad de las agencias de calificación de riesgos. Conclusión: la minicorrupción de unos dólares extra es preocupante, la de millones es el libre mercado.
Para que exista corrupción debe haber un corruptor, una estructura y un contexto que la propicie. La noticia sobre la compra de partidos de fútbol nos lo muestra. Si se compran partidos es porque un corruptor paga por ello. El fútbol es cada vez menos un deporte y más un conjunto de empresas, donde lo de menos es que se llenen los campos o la gente disfrute de su equipo. Esta estructura tiene como fin satisfacer objetivos que poco tienen que ver con el deporte y que van desde lo económico hasta la propaganda nacionalista. Por último, un contexto en el que el dinero mueve los engranajes del deporte implica un protagonismo creciente de las apuestas. El negligente auge de las apuestas terminará por ensuciar definitivamente el fútbol. Todo está en venta y dentro de pocos años apreciaremos sus nefastas consecuencias sociales y deportivas. Cuando el dinero actúa de forma simbiótica con algo lo corrompe. Los valores se transforman en euros. Se podrá llamar fútbol o sistema representativo. La corrupción es un fruto de la desigualdad, de la concentración de la riqueza, de la mercantilización de todo y de inercias autoritarias más o menos evidentes que condenan la libertad. Problemas que no sólo no se han resuelto, sino que aparecen periódicamente como la subida de la luz o Gran Hermano.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu decía que la libertad no es algo dado, sino una conquista colectiva. La libertad no se puede resumir en la posibilidad de comprar esto o aquello. La libertad es mucho más que la jibarización que el planteamiento dominante hace de ella. Ser libre es un trabajo, un esfuerzo que implica responsabilidad. En 1791 se promulgó una Constitución que no respondía a la voluntad mayoritaria del pueblo ni al ansia de igualdad que motivó, en parte, la Revolución Francesa. Según la biografía de Peter McPhee sobre Robespierre, cuando éste abandonó la asamblea, profundamente decepcionado por el rumbo que tomaban los acontecimientos, fue jaleado por el pueblo congregado en la calle bajo gritos de "¡larga vida al incorruptible!". La respuesta de Robespierre fue recriminar a los ciudadanos una actitud que consideraba humillante, ya que un pueblo libre no precisa de elegidos, sino de energía y ganas de transformar la realidad.
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