Salen vestidos de negro cada viernes. Así es como muestran su fastidio ante la descarada manipulación informativa los presentadores de Televisión Española, los corresponsales en el extranjero (y quién sabe si no lo estarán haciendo también los locutores de Radio Nacional.) Pero mejor que con ropa negra, como deberían expresar esa legítima protesta es llevando una camisa de fuerza, manera eficaz donde las haya de decir al mundo que trabajar en un sitio así es de locos.

Porque no me digan si no es para terminar en el manicomio que cada vez que cambia el color del Gobierno pegue un vuelco la forma de explicar la realidad, que a los periodistas de la casa les den instrucciones nuevas sobre lo que habrá que decir y lo que será mejor callar, para que finalmente los noticieros se conviertan en otro bloque publicitario más, solo que en vez de anunciar detergentes, venden la inmejorable gestión de ese partido maravilloso que nos gobierna con cariño y a cuyo presidente Dios guarde muchos años.

Pasa también con las leyes de Educación, con las subvenciones culturales y supongo que pasará con la decoración del dormitorio principal de la Moncloa. Sin embargo, ahora les toca protestar a estos presentadores enlutados y un poco hartos de censuras.

Sería muy honrado por su parte -aunque bastante estúpido- que una televisión municipal denunciara lo asquerosas que están las calles del pueblo, por ejemplo. Por eso se entiende que los servicios informativos de esos medios que se pagan con el dinero de todos no los dirijan espíritus puros.

Aparte hay otra razón: de las facultades de Ciencias de la Información no salen espíritus puros sino periodistas de carne y hueso.

No es difícil despolitizar la receta del salmorejo, o la siesta, pero pretender despolitizar la radio-televisión pública vendría a ser como despolitizar el propio Congreso de los Diputados. Pedir que un medio de comunicación público no sirva para proclamar lo guapos que son sus dirigentes (y recordar de paso lo feos que eran los de antes) es como pedir a los riojanos que dejen de beber tinto o a las cebras que hagan el favor de nacer sin tantas rayas. Una pérdida de tiempo.

Y es que la propia naturaleza de las cadenas públicas lleva aparejada esa politización. Igual que los cortaúñas se inventaron para cortarse las uñas (no para abanicarse), esos medios se inventaron para contar la fiesta según convenga, y en la fiesta que conviene a los gobiernos ni se airean las miserias propias si se le ríen las gracias al eterno rival.

Con todo, cierta objetividad está garantizada, gobierne quien gobierne, porque las temperaturas mínimas en León se darán en el parte con total rigor, y en los números de la lotería no habrá manipulación que valga, como no la habrá cuando nos recuerden que es una hora menos en Canarias.

Además, siempre nos quedarán los documentales sobre la Antártida. Bueno, eso mientras no irrumpa un partido que decida retirar esos programas por invadir la intimidad del pingüino emperador. O por sacarlos sin ropa, o comiendo carne cruda.

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