No tienen corazón. Los responsables de elaborar esas pruebas (las que calibran los niveles académicos de los chavales en varios países) han vuelto a sacarnos los colores a los andaluces. Puede que estos amables inspectores pretendan ser ecuánimes y que los exámenes los diseñen para que todo el mundo participe en igualdad de condiciones. Sin embargo, no han tenido en cuenta factores de enorme relevancia a la hora de calificar, como que la víspera del examen televisaran al Betis o que nuestros alumnos ese día se pudieran haber levantado con un poco de fatiga.

Es verdad que con respecto a otras regiones de España, Andalucía queda fatal en estas dichosas pruebas, pero también debe tomarse en consideración que ni el Gobierno autonómico tiene la culpa de que la trigonometría sea tan difícil de entender, ni de que en esos idiomas que enseñan a las criaturas en la escuela, a cosas tan comunes como la casapuerta y el búcaro, les pongan unos nombres la mar de raros.

Tan catastróficos fueron los últimos resultados de estas pruebas inquisitoriales que nuestras autoridades educativas han tenido que apechugar y dar explicaciones. Como principal excusa, han alegado que también hay que tener mala sombra para poner esos exámenes precisamente a alumnos que vivían en zonas deprimidas. Y ahí no les falta razón. Lo que pasa es que en una región como la nuestra, machacada por un desempleo crónico, donde no hay que tirarse al monte con una brújula para encontrar zonas deprimidas, lo insólito es que hubieran caído las pruebas de marras en una zona versallesca, habitada por niños rubios con tirabuzones y criados por una institutriz de Estocolmo.

Lo que no podrá objetarse es la falta de inversiones, ya que en Andalucía se gasta mucho más dinero en Educación que en toda Navarra (donde los resultados son muy superiores). La guasa está en que los navarros, al ser bastantes menos a repartir, caben a mucho más. Quizás por eso, a la hora de adaptarse la Educación andaluza al contexto del alumnado, lo que se haga es brindar a los chavales que viven en chabolas una enseñanza de tal calidad que no desentone mucho ni con la roña ni con la uralita que les sirve de techo.

Pero los andaluces -aparte de ser muchos más que los navarros y de no estar muy boyantes- contamos con una circunstancia que nos disculpa ante cualquier prueba académica: el atraso histórico. Y es que, a diferencia de un alumno de Baviera, el alumno de Bormujos que se enfrente a un examen siempre llegará arrastrando un lastre que le impedirá estudiar debidamente. Ante el mismo problema de matemáticas, donde otros jóvenes europeos verán una ecuación de segundo grado, el bisnieto del jornalero del campo no podrá reconocer ni ecuaciones ni incógnitas, ya que en su cabeza resonarán las broncas del capataz en la viña, los martillos golpeando la fragua, las cartillas de racionamiento o los quejidos de Boabdil. Y así, ya me dirán ustedes, a ver quién es el guapo que se concentra.

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