Vivimos en una sociedad inmensamente mejor que la de nuestros abuelos, a pesar del pesimismo con el que miramos al mundo hoy y la negritud de sus posibilidades. Aun así, hay cosas en las que de manera inexorable hemos dado pasos atrás, cuestiones que no pasan desapercibidas para quienes tengan un mínimo de sensibilidad o intuición de que por ese camino no vamos bien. Algunos lo llaman principios, valores, conjunto de creencias que nos identifican y en las que hemos sido educados de forma natural. Escohotado afirma que un país no es rico porque sus ciudadanos posean muchos bienes, sino por su educación: dar gracias, pedir por favor, ceder el asiento, no robar. Podríamos añadir unas cuantas más: el respeto a las personas mayores, el reconocimiento de la autoridad o la sana costumbre de pedir perdón. Si hacemos las cuentas de estos detalles de la vida cotidiana, resolveremos sin tener por ello que fustigarnos, que no estamos mejor. Diría que mucho peor. La no pocas veces descarada mala educación colectiva globalizada en el altavoz de internet, la sobreexposición de nuestros derechos, el bienestar por ley, la mala prensa de las obligaciones, la vulgarización del lenguaje en foros que requieren un mínimo de formalidad, la banalización de lo importante pasando por alto el coste de relativizarlo todo, la pérdida de autoridad generalizada, la mediocridad por decreto, la homogeneización del discurso social, el dirigismo sutil y la pérdida de referentes sociales y políticos, nos están alcanzando por todos los flancos de este torso social-a veces maltrecho-, que se llama siglo XXI. En la era del conocimiento, el desconocimiento es la deserción de la buena educación; más nos vale poner límites a la hemorragia de mediocridad que nos arrastra como un tsunami a Dios sabe dónde. Empezar por uno mismo no es mal comienzo.

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