El ruido ha vuelto a las calles, aunque para los que aún no tenemos actividad exterior la quietud de las horas sigue siendo la protagonista de los días. Amaneceres y atardeceres deambulan entre lecturas, escritos y alguna cosa más. A la hora de la siesta, con la penumbra moteada de las persianas bajadas, mi atención se dirige a las estanterías donde están colocadas las fotografías de abuelos y bisabuelos, todos ellos tan regios y serenos. Escudriñando sus miradas me descubro dialogando con ellos. Parecen tan apacibles que deduzco que tenían muy claro su papel en cada momento. Fueron hombres y mujeres capaces de ser fieles a sus creencias, a sus familias y a sus comunidades. Poseían el secreto del equilibrio y conocían la diferencia entre lo fundamental y lo efímero. La necesidad de hurgar en sus secretos me lleva a la conclusión de que en cada generación debería haber un miembro de la familia que hiciera las veces de un "escriba" que dejara constancia de las circunstancias que les rodearon y narrara cómo se enfrentaron a las dificultades, a los éxitos y a las pérdidas. De éstas últimas conozco algunas, como el fallecimiento del único hijo varón de mis bisabuelos con apenas diecisiete años de edad. Les quedaron las hijas, pero yo echo en falta un diario de mi bisabuela para saber de dónde sacó la fortaleza para seguir adelante y además matricularse en la universidad para obtener su título de obstetra. La memoria de mis antepasados hace que irremediablemente me pregunte el motivo por el qué seré recordada. Seguramente no tendrá relación con el ámbito laboral sino con el amor, el servicio y la actitud. Mientras lo descubro, intentaré dejar por escrito el testimonio de lo ocurrido en los años de mi existencia. Diré que durante la pandemia el gobierno mintió, improvisó e hizo pactos indignos. Así, dentro de cien años o más, las palabras cobrarán vida y los que hayamos partido dejaremos de ser un puñado de cristales rotos en un universo de nombres olvidados.

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