En las películas de Tarzán nunca salían. Había cocodrilos, chimpancés, incluso algún caníbal, pero no se veía un juez ni a tiros. Tampoco parece que frecuentaran los jueces las cuevas de Altamira. En la era de los trogloditas se podía hacer carrera pintando bisontes, o inventando la rueda, pero no dictando sentencias. De hecho, si había que resolver algún agravio, los trámites duraban poco, pues lo más parecido al código penal que había era la cachiporra.

Por eso, cuando escucho con tanta insistencia que, para relajar el ambiente, habría que evitar la judicialización de la política, me pregunto a cuál de las dos alternativas se referirán: si a la de imitar la vida en la jungla o a la de recuperar el concepto cavernícola de Justicia.

Cumplir las leyes es una lata. Por tanto, se entiende que muchos parlamentarios apuesten por una solución intermedia y propongan que se elaboren cuantas leyes hagan falta, que se apliquen incluso, pero sin llegar al extremo de someter con ellas a los propios políticos, que son personas muy normales, pero no tanto como para merecer el mismo trato jurídico que un maestro de escuela o una boticaria.

El bochornoso espectáculo que hemos vivido últimamente, viendo a incontables representantes de la soberanía popular sentarse en el banquillo, podría evitarse si no hubiera tanto golfo. Pero como los milagros son raros, será preferible evitarlo pidiendo que la Justicia, cuando se quite la venda de los ojos, haga el favor de mirar hacia otro lado y dejar que estos señores prevariquen sin la presión de ir a la cárcel.

Por ahora no se ha planteado evitar la judicialización de otros colectivos, como el de los taxistas o los ferreteros, que aún tendrían que vérselas con el juez si delinquiesen. Ni siquiera el vendedor de seguros puede estafar impunemente, al estar su gremio bastante judicializado. Pero como experiencia pionera no estaría mal ir aflojando el cumplimiento de la ley entre los políticos, encargados al fin y al cabo de dar ejemplo.

Igual que el desenladrillador que desenladrillaba el cielo, el desjudicializador profesional podría ir desmontando toda esta tramoya de leyes que ni nos dejan robar, ni quemar montes ni matar a gusto, aunque sea un día a la semana.

En esto de despenalizar gremios nos llevan ventaja en Nápoles y Sinaloa, donde el fenómeno ha alcanzado cotas tan envidiables que, mientras otros servicios públicos dejan mucho que desear, el crimen, sin embargo, está perfectamente organizado.

Aunque el paraíso de la desjudicialización estaba en el salvaje oeste, donde los jueces no pintaban nada. Además, como la Justicia consistía en ver quién desenfundaba antes, era bastante menos lenta.

Con la liquidación de los tribunales, aparte de agilizar los trámites, se ahorraría una barbaridad en gasto público. Por no hablar de lo cómodos que íbamos a ir por la calle vistiendo en taparrabos, como Tarzán, pero con la cartuchera para el revólver, por si tuviéramos que defender nuestros derechos.

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