Si Ortega viviera hoy, no tendría que hacerle demasiadas enmiendas a su 'España invertebrada' publicada en 1922. Un par de correcciones, no más. Un siglo después, tras 40 años de democracia, el mismo monstruo del particularismo no ha dejado ni un día de venir a vernos. Para Ortega, la decadencia surge cuando ya no tenemos un proyecto común con el que identificarnos; desde entonces, España está obstinada en cuestionarse y mirarse a sí misma como un problema. Renan creía que la nación es un "plebiscito diario". Algo así pensaba Ortega, que no creía que la fuerza de una nación estuviera en la lengua, la raza o la cultura, sino en la sugestiva idea de un proyecto colectivo. No hemos sabido o no hemos podido encandilar a los españoles que renuncian a serlo. La República les dio reconocimiento y derechos; pero a la mínima oportunidad, desertaron. La dictadura los reprimió y los alejó aún más. La democracia del 78 les otorgó las máximas libertades, les cedió el poder en sus autonomías y los convirtió a menudo en árbitros de gobiernos nacionales. ¿Qué más querían? No ha sido suficiente. El nacionalismo es insaciable además de racista. Rajoy no supo hacer frente al desafío independentista, acomplejado con la proporcionalidad de la respuesta, en su torpe empeño de que las cosas se arreglan dejándolas pasar. No es probable que este precario Gobierno socialista, sustentado en el voto de 22 pequeños partidos- situados entre el populismo y el supremacismo- mejore las cosas. ¿Podrá resistirse a pagar el peaje de quienes lo apoyaron? Más bien se apresurarán a conceder lo inconcebible. Al tiempo. La conjura definitiva del nacionalismo enquistado en el corazón del país no vendrá de la mano de las élites políticas ni de las instituciones. En las encrucijadas de nuestra historia, nunca han estado a la altura. Ahora tampoco.

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