Mientras el 50% de la población española opina que la noticia más relevante ocurrida en los últimos tiempos tiene que ver con Cristina Cifuentes, con sus embustes y sus mangancias, el otro 50% piensa que no es así, ya que la auténtica noticia de interés en la actualidad estaría más bien relacionada con esa manada de violadores que ha puesto patas arribas al sistema jurídico español.

Esta al menos es la conclusión que yo he sacado después de preguntarles sobre el particular a un par de chavales de instituto, en un intento de sondear hasta qué punto les podía parecer importante a los nacidos en el siglo XXI la disolución de ETA. O si se prefiere, la bancarrota de ETA. O la liquidación por cierre de ETA, o lo que cada cual entienda que ha ocurrido esta semana con la banda terrorista.

Por la cara que me pusieron al sacarles el tema, el nombre de ETA les venía a sugerir algo así como el de la Pasionaria, o el del Rey Arturo, y los atentados con coche bomba debían de sonarles tan familiares como la guerra de Crimea. Para ponerles en situación, les hablé de cuando ETA secuestraba, lo mismo a un fabricante ricachón de embutidos que a un diputado, y no acababan de imaginarse al presidente de un equipo de fútbol, por ejemplo, pagando hoy el rescate para que lo sacaran de un zulo. Les expliqué en qué consistía el impuesto revolucionario que había que pagar en el País Vasco si no querías que tu negocio saliera ardiendo por las buenas. Y les expliqué también qué significaba que tu nombre apareciera escrito en una tapia rodeado por una diana.

Da bastante repeluco pensar que todo eso pudo ser durante mucho tiempo la rutina de este país. Después de tantos años comiéndonos los macarrones mientras el telediario contaba el último tiro que habían pegado por la espalda, aprendimos a convivir con esas salvajadas, y no había escapatoria: si no te acostumbrabas, o dejabas de ver las noticias o dejabas de comerte los macarrones. Así de bestia.

En la época más sanguinaria de la banda habíamos desarrollado una coraza gracias a la cual las imágenes de un atentado en Bilbao no nos parecían mucho más inquietantes que las de un accidente cualquiera. Al volver del colegio pasábamos junto a los soldados que hacían guardia en los pisos de los militares -junto a los Salesianos- y nos parecía la cosa más normal del mundo que hubiera tipos con ametralladora junto a las plazoletas en las que jugábamos a los bolindres. Y eso que crecimos a mil kilómetros de Alsasua.

Pero hoy la sociedad es mucho más sensible. Sale a la calle a manifestarse contra la barbarie sin esperar a que haya víctimas mortales. Denuncia la violencia sin que haya charcos de sangre. Por eso quizás el adjetivo histórico, tan sobado, no nos sirva para calificar la desaparición de ETA (o su rendición, o lo que haya venido a ocurrir esta semana.) Pero histórico, por lo menos, sí que resulta que una noticia así, que hace treinta años nos habría parecido un milagro, hoy apenas le dé a mucha gente ya ni frío ni calor.

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