Tienen que hacer de todo. Cuando están en campaña, los políticos sacan lo mejor de su repertorio para intentar demostrarnos que, si no fueran candidatos a presidir gobiernos, bien que podrían ganarse la vida como saltimbanquis. Por ello, cuando entran en esa especie de trance electoral, aparte de predicar el fin de los tiempos desde los polideportivos, a veces tienen que bailar danzas más o menos regionales, beber tinto de un porrón, colocarse un casco de obra para poner cara de interés ante una zanja o coger en brazos a bebés de todos los colores y tamaños.

Con tal de captar la atención del votante, tienen que bajar a la arena y dejar que las abuelas les hagan carantoñas y les digan que son mucho más guapos que en la tele. Tienen que pasearse por los mercados de abastos para preguntar ante las cámaras a cuánto está el kilo de jureles. Incluso a veces tienen que aguantar que los amenacen de muerte y les insulten, porque no siempre que se baja a la arena se sale a hombros.

Esto último pasa sobre todo en los mítines de los partidos declaradamente antinacionalistas, cuando visitan aquellos pueblos más peliagudos donde los hinchas del independentismo, en vez de recibirles con majorettes y de agasajarles con jamón del bueno, nada más verlos llegar les montan una cacerolada, les invitan a largarse por donde han venido y hasta les amenazan con rebanarles el pescuezo, que de las cosas que pueden decirle a uno en un pueblo no está entre las más agradables.

Que a esos líderes les escupan en sitios donde terrorismo sigue rimando con heroísmo, o que les mencionen a la madre, no deja de ser comprensible. Lo que no parece tan comprensible es que se escuche -como yo he escuchado- que la culpa la tienen precisamente estos provocadores que van a incordiar con sus banderines, sus filósofos y sus milongas democráticas a la pobre gente que vive allí la mar de feliz y que no se mete con nadie a menos que venga a llevar la contraria. Pues estamos aviados.

Esta lógica de quienes hablan de provocación y cargan las tintas contra los que prefieren expresar sus ideas en la plaza pública antes que hacerlo encapuchados, recuerda a la lógica de quien considera que la paliza que le pegaron a la señora por servir la sopa fría a su marido en el fondo es de ella por cabrearlo.

Aunque quizás haya que replantearse esto de las libertades y evitar que haya más provocaciones prohibiendo, por ejemplo, que los republicanos hagan mítines cerca del Palacio de Oriente. Habrá que interponer órdenes de alejamiento para que los progresistas no difundan sus ideas escandalosas cerca de mezquitas y conventos. Tendremos que procurar que los conservadores ni se asomen a repartir propaganda por los barrios donde vivan los trabajadores de astilleros. Y naturalmente, aunque no se trate de ningún partido político, habrá que prohibir para siempre esa cabalgata del Orgullo Gay que recorre Madrid sacando de quicio a tantos legionarios y a todas las beatas que se la tropiezan cuando van a misa, camino del barrio de Salamanca.

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