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Cuando una serie de personalidades abrigan el texto que han firmado bajo el rótulo de manifiesto, cabe pensar que es para situarlo en una tradición que explica su sentido y oportunidad. Por tanto, era de esperar que a esa línea respondiese el escrito, subtitulado así, recientemente, en apoyo del Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Porque cada género literario, sea cual sea su envergadura, tiene su canon y títulos del pasado que les sirven de referencia. Y la tradición literaria del manifiesto está llena de logros. Ha habido manifiestos modélicos, tanto por su expresión como por sus reflexiones. Por aludir solo a dos muy conocidos: el Yo acuso, del dramaturgo francés Émile Zola, y el fundacional de la ASR, firmado por Ortega, Gregorio Marañón y Pérez de Ayala. Por descontado, que un texto que tiene como finalidad el convencer y denunciar tiene que desenvolverse con libertad, sobre todo, si debe satisfacer la opinión compartida de un buen número de firmantes. Pero, por ello mismo, y por el papel público destinado a desempeñar debería haberse cuidado algo más la elaboración del escrito. Incluso, subtitularlo panfleto o libelo, hubiera sido demasiada calificación, porque la trayectoria de esos dos géneros en el siglo XVIII elevó bastante su nivel de exigencia. Basta, en el caso español, recordar los panfletos dedicados a denigrar a la reina María Luisa, esposa de Carlos IV, y al favorito Godoy, que fue primer ministro. Todavía hoy conservan su chispa y resultan legibles. Eran anónimos y clandestinos, y ni el buen estilo ni la verdad eran su característica, pero estaban cargados de ingenio y agudeza. Ahí residía su eficacia. No derribaron ningún gobierno, pero casi. Cuando finalmente se estableció la libertad de imprenta y expresión, los panfletos y libelos como armas literarias dejaron de ser útiles y ahora ejercen de vistosas piezas de museo en algunas hemerotecas. Sin embargo, la palabra manifiesto sí mantiene todavía su tirón y mucha gente atraída por la buena tradición acumulada, y por la cantidad y calidad de los firmantes, se habrá lanzado a leer el manifiesto citado. Mas no parece que, ni por la gracia expresiva ni por la sustancia de sus ideas, vaya a convertirse en joya de ninguna hemeroteca. Quizás, como mucho, formará parte, de la recopilación de hojas parroquiales y volanderas emitidas desde el palacio de la Moncloa.
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